
Confieso que nunca había entrado, ni pensé hacerlo, pero la Diócesis del Callao celebraba el III Congreso Misionero en los modernos salones que hay en el interior del Real Felipe.
Y aquí me encuentro entre las murallas de esta gran fortaleza, una de las más importantes de la Colonia. Se trata de siete hectáreas rodeadas por una gran muralla y torreones que comenzó a construirse en 1746, después del gran terremoto que destruyó gran parte de Lima y del Callao.
Fue José Antonio Manso de Velasco, por entonces Virrey, quien inició la obra para proteger mejor a Lima y al Callao.
El Real Felipe carga gran belleza y riqueza histórica. El nombre del Real Felipe corresponde al Rey Felipe V que gobernaba entonces en España.
Está muy bien conservado y tiene el corazón moderno.
Sentado en una silla a la sombra, admiro el paisaje arquitectónico mientras detrás de mí se está celebrando la misa en el gran salón.
Son tres situaciones bien distintas para reflexionar:
* La historia pasada de dolores y gloria.
* El lugar de eventos para el hombre moderno, con pasarela de mujeres famosas, sensibles a la belleza.
* La alabanza a Jesucristo, con el corazón litúrgico, la Santa Misa
Aquí (y en todas partes y siempre) Jesucristo es el Rey indiscutible.
El salón es inmenso y además es doble, construidos, uno de espaldas al otro y separado por cabinas, seguramente para la traducción simultánea de los eventos.
¿Qué le he dicho yo a esta multitud que llenaba el salón?
La verdad es que me pidieron que hablara de algo, que para mí es imposible: explicar cómo se evangeliza con nuevo ardor, nuevo método y nueva expresión.
Digo que es imposible, porque pienso que todo y sólo, depende de haber descubierto o no a Jesucristo.
Si se ha descubierto a Jesús el corazón se las ingeniará para demostrar la verdad de su descubrimiento.
Lo importante es tener en cuenta estas palabras de Juan Pablo II: “quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo”.
Por su parte Benedicto XVI completa: “Quien ha descubierto a Cristo debe llevarlo a los demás. Una gran alegría no se guarda para uno mismo. Es necesario transmitirla”.
Por su parte, el documento de Aparecida nos dice: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros, es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida; y darlo a conocer, con nuestras palabras y obras, es nuestro gozo”.
Es peor que inútil querer decirle a uno que conoce bien a una persona, cómo tiene que presentarla.
De todas maneras les dije también que el nuevo ardor depende del fuego que se mantiene y que, si se perdió, es preciso sacrificarse para volver al “amor primero”. Porque “el amor hace nuevas todas las cosas” y llena de ardor los corazones.
La nueva expresión sólo podrá ser fruto de mantener la verdad en la frescura de un Jesús, que es el mismo ayer y hoy y siempre, y que nos pide que continuemos en su verdad.
La verdad siempre es nueva porque la verdad es Cristo.
En cuanto al método nuevo, es predicar sin método, ya que el amor no cabe en ningún método. El amor es Dios y Dios permanece en su eterna novedad.
Según todo esto, ¿habrá o no una nueva evangelización?
La respuesta vendría después de esta pregunta: ¿Es que hay un nuevo Evangelio?
Y si, como sabemos, Jesús mismo es el Evangelio, la gran noticia del Padre, ¿habrá un nuevo Jesús?
Para mí es claro que sólo la novedad puede permitir a Jesús ser el mismo aunque pasen “nuestros” siglos.
Si Jesús es siempre nuevo y predicamos a Jesús, nuestra evangelización siempre será nueva, en el ardor, en los métodos y en la expresión.
En efecto, el ardor es el fuego siempre renovado por el amor.
El método no puede ser otro que el que utilizó Jesús con el pequeño grupo de los apóstoles y con la multitud.
Y la expresión son los signos que puede inventar la creatividad del Espíritu Santo para unir al evangelizado con el evangelizador.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo




